Jornadas Bávaras: una despedida y la ciudad amurallada de Rothemburg.


Plönlein 

Siempre me gustó viajar en tren, sentarme de espaldas al sentido de la marcha y mirar por la ventanilla. Es como avanzar con la vista fija en el pasado, viendo como el futuro pasa en pocos segundos a ser historia y en la mayoría de los casos, olvido. Sin apenas reparar en ese ambiguo concepto del presente al que siempre hay que recurrir para evitar que tanto pasado como futuro languidezcan en un simple y adormilado vistazo por la ventanilla de un tren.
Esos viajes son como el modus vivendi de los nostálgicos de raza, en cuyo batallón me consta que  milito.
Cuando el tren se detuvo en Westbronn desperté del letargo que me tenía ensimismado, repitiendo en bucle las últimas cuarenta y ocho horas en mi cabeza, no quería olvidar ni un solo segundo.
Media hora antes, ella había subido a otro tren en la estación central de Nuremberg, rumbo al norte, a la heróica Berlín. Mientras, yo me sumergía con la tristeza de la despedida a cuestas hacia las entrañas de la vieja y lírica Baviera, viajando de espaldas al futuro, de espaldas a un destino en el que ella no estaba, sólo me interesaba el pasado, y ver como los mil colores otoñales del paisaje bávaro morían en la esquina de la ventanilla de un tren que volaba hacia Rothenburg, lejos de Olga y ubicado en el futuro inmediato, muy a mi pesar.
Nuestros encuentros son fugaces y están diseminados en el tiempo y el espacio, siempre con la decadencia vetusta y romántica de los escenarios europeos de posguerra como testigos de nuestra intimidad macerada con el tiempo y los recuerdos construidos a golpe de premura, e indestructibles gracias a la fugacidad, que empuja a nuestros actos a la intensidad. Cada vez que estamos juntos es una experiencia que me eleva, me toca y me hunde, y es que Olga siempre me deja con el semblante más triste, pero con el corazón más alegre.


Burggarten 

Me recibió la ciudad amurallada de Rothemburg ob der Tauber con un sol que parecía vencer la batalla a las nubes blancas que parecían expandirse en un cielo azúl que se mostraba tímido, como arrepentido de su osadía en pleno otoño. Según penetraba por la calle principal, el color del aire iba tornando a gris, dejando al amarillo dominante apenas unos minutos antes, en un tenue recuerdo que feneció en el fondo del reducido y vertical horizonte de la ventanilla de un tren.
Pasar por debajo de Gallow-Gate, la impresionante puerta incrustada en la egregia muralla del siglo XIV que da entrada a la ciudad, supuso una especie de antes y después con respecto a la audacia del cielo y a la espesura y color de las nubes, que definitivamente se hacían dueñas del lienzo ahora color estaño del firmamento.
La pendiente empedrada de la arteria principal de Rothemburg no hacía sino incrementar el desasosiego reinante por una atmósfera cada vez más levantisca y arremolinada en torno a un viento fresco que no obstante yo agradecí. Entrar en los jardines de Burggarten me hizo comprobar la espesura del silencio y lo etéreo del paisaje bávaro, ahora sumergido en una niebla creciente que dotaba al entorno de una sensación de elegíaca inspiración.


Plaza del mercado 

No tardé en acariciar la belleza de los contornos y apreciar el inofensivo contoneo de los colores que hacían frente común para instalar en las retinas del viajante una belleza tan accesible como agradable por su falta de soberbia.
La iglesia de San Jacobo franquea desde el norte la entrada a la imponente plaza del mercado, y propicia en el caminante un ansia de ver al tiempo dos cosas, algo que tanto la orografía como la óptica impiden. Entrar en la plaza es una liberación para la vista que se puede expandir en busca de la libertad de la que no puede disfrutar en los cantones y callejones de incrustada hermosura muda y vetusta que hasta llegar allí había sido la tónica habitual, era más fácil olvidar los días pasados allí, en la plaza, con el bullicio de unos caminantes cansados pero solazados en esa belleza tan especial de los lugares que ignoran su bonita cualidad.
Volví sobre mis pasos para detenerme ante el peregrino de bronce que sueña con el Obradoiro, serpentear por las adoquinadas calzadas que descienden hacia el lugar elegido por la providencia, o por algún intuitivo ejecutivo del negocio del turismo, como postal de la ciudad y del estado de Baviera, una hermosa e improvisada bifurcación llamada Plönlein que goza del admirado visionado de los turistas y de la indiferencia acostumbrada de los oriundos.


Röder-Tower 

Se acercaba la hora del almuerzo y la decisión de hacerlo allí era firme, pero antes rodeé la localidad en busca de los muros que defienden a la misma, hacia el baluarte defensivo Spital-Bastion, para desde allí enfrentarme, tomando rumbo sur, a la recia Röder-Tower. Alcé la vista desde la empalizada que observa el que fuese mirador de soldados en una aparentemente cercana época medieval. Ascender a la muralla y transitarla con la vista extendida sobre el terreno verde y amarillo de la comarca y volver a pensar en ella hizo que el tiempo se detuviese por un instante y que no exisitiese sonido, ni dolor, ni tampoco alegría: sólo una paz que me atrapó para dejarme libre unos segundos después, y que presentí que venía desde lo más profundo de la historia, cuando el hombre era piel y corazón, y el entorno un hogar que se compartía como bien heredado del mundo y del común linaje de los vecinos.
Descendí por unas peligrosas escaleras de piedra y volví a la plaza del mercado. Una vez allí me senté en una terraza, el sol parecía pedir revancha a unas nubes que parecían menos dispuestas a plantar batalla que a la mañana y me enfrasqué en mis pensamientos irremediables con una cerveza y una paz que deseaba administrar el mayor tiempo posible.
El traqueteo del tren de vuelta me decía que el viaje terminaba y que solo quedaba recordarlo y escribirlo, y en esas estamos, en imprimir recuerdos en el dispositivo que hace de desagüe de penas y de álbum que me libre de posibles olvidos, seguiremos narrando las jornadas bávaras.

Comentarios

  1. Kaixo, estas líneas están escritas con tanta realidad, que parecen diapositivas. Su lectura me ha transportado directamente hasta el lugar que describes.
    Se nota que has disfrutado del viaje. Bonito texto.
    Muxu.

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    1. Me alegra mucho que te guste. Ya te contaré más detalladamente el viaje, me ha gustado mucho la verdad.
      Dentro de poco sales tú.
      Muxus.

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  2. Hice un viaje parecido este verano, rodeado de niños y familiares, quiza sin espacio para apreciar las cosas en el modo en que tu las cuentas y viviste, pero aun asi feliz de haberlo vivido. Desde las Augutiners hasta las casas pintadas en Mittenwald. Bavaria uber alles ...

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    1. Para las Augustiner necesitaría un post aparte. Yo fui solo, aunque un par de días estuve acompañado. La verdad es que me ha gustado mucho.
      Gracias.
      Saludos.

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