Ojos, felicidad, sueños y huída - Las paranoias de Addi.


Me sentí reflejado en sus ojos, como treinta años ha. Parecía que se habían encontrado, que ya no eran unos ojos de perdida. Tras la batalla me miraban grandes, expansivos, alertas, parecían sofocados y dichosos después del sexo, pero también abiertos a una comunicación que murió una tarde gris de abril. Y otra vez volví a descubrir el camino, mi camino, en ellos; ahora que nadie lo entenderá, que otras vidas en la cuneta pueden perder el suyo por culpa de una audacia que nunca tuve y hoy parece aflorar, ahora que tal vez sea tarde, aunque tal vez no.
Descubrí cuando ya no tenía remedio, que el camino financiado por los agentes de la felicidad y el destino que prometían los anuncios y los artículos sobre economía, no eran los más adecuados para alguien con vocación de tropezar por sendas más abruptas. Me dí cuenta el día después del fin de la juventud, de que la magia no se encuentra en la artificialidad del consumo ni en la alquimia de las cifras. Que pasarlas putas es, en el fondo, un vehículo mucho más cercano a la felicidad, pues ésta es vecina del miedo y de la inseguridad, duerme en la misma cama que el desamor, y la melancolía es esa amante que entra desnuda y chorreando a formar un trío libidinoso y obsceno, que arriesgarse a sufrir es la única manera de sentir, de entrar en el lecho donde se fabrican los mejores recuerdos.
Reciclé mis sueños, como me dijeron. Los hice pasar por el tamiz del sentido común, de la madurez y de la responsabilidad, por la trituradora del porvenir y de la inteligencia, cambié arte y amor por otros principios serios, para así, aburrirme de no sufrir, de no sentir. Y conseguí con la transformación de mis deseos un estatus óptimo, una situación privilegiada de admiración, y una tropa de desconocidos disparando respeto y 'ustedes' en mi dirección, pero que no tenían ningún interés por conocerme, por vivirme. Encontré un lugar en el limbo urbano que me otorgó una envidiable situación de (in)seguridad, (in)felicidad y (in)satisfacción que hoy creo que merezco plenamente.
Podría haberlo hecho, pero no lo hice. Podría haberme quedado contigo, pero me fui. Podría haber vuelto a la cama, pero huí a hurtadillas, enfundado en las primeras luces del amanecer, sin hacer ruido, sin despedirme. Podría haber disuelto mis miedos en los fluidos de tu amor, pero me aferré a la abrupta textura del pánico y sucumbí. Podría haber sido valiente, pero siempre me dio miedo enamorarme. Podría haberte despertado y besado y acompañado al lugar que me habías marcado en el mapa, a aquél paraje junto al purgatorio en el que podríamos amarnos mientras caminábamos por el cable del funambulista, pero querías hacerlo sin red y la cercanía del infierno me asustó. Podría haber buscado la melodía lejos de casa, pero equivoqué la balada de Isolda con los cantos de sirena de Ulises, y una vez más escapé, escuchando una anodina canción en la radio del coche. Podría haberte olvidado, pero no puedo.

"Algunos hemos apagado las luces (...) hemos preferido morirnos de miedo en la oscuridad en vez de estar donde vuelan los ángeles..."
                                                                                                                             (Bob Dylan)


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