"La huida" - Las paranoias de Addi.


Se compró un espejo de los que solo servía para verse más guapa, un pintalabios que dibujaba sonrisas encantadoras y unas gafas de sol para que los días nublados parecieran soleados.
Se arrancó del anular de la mano izquierda el anillo que él le regaló antes de ser su esposo y lo metió en una vieja caja metálica de galletas que durante años hizo las veces de costurero, añadió el colgante que él le regaló antes de traicionarla, o tal vez al dar los primeros traspiés, el último cuaderno de su diario, el más triste y truculento, una foto de su boda y otra de su abuelo vestido de soldado, sumó al conjunto una vieja carta de amor con algunas letras empañadas por una lágrima furtiva y un mechón de cabello que durante años vivió entre las páginas de un viejo "Lord Jim" que le compró su padre en Avilés.
Lo enterró todo junto al árbol bajo cuya sombra fue concebido Andrés, a unos cien metros de la tapia trasera del cementerio de un pueblo fantasma adosado a una vieja comarcal olvidada y ya conquistada por los helechos y las malas hierbas, en un punto perdido y descatalogado en la memoria de los hombres de la meseta castellana.
Se llevó una maleta no demasiado grande, con lo justo para tapar un cuerpo aún bien dibujado, aunque menos firme que en otros tiempos, un teléfono nuevo con un número desconocido por todos, una libreta y un bolígrafo.
El plan era dejar que el destino, si es que existía, le llevase como al tablón sobreviviente de un naufragio, a un lugar no dictado por dioses ni hombres, que le dejase a merced del tiempo y el espacio, y que la vida decida.
Demasiadas frustraciones, demasiados desengaños y tantas lágrimas que habían terminado formando en sus mejillas unos canales estrechos pero profundos que desde que decidió no volver a llorar se habían agrietado formando una cicatriz negra y fina que había terminado escarificando una expresión de pétrea tristeza en un rostro que antaño difundía alegría desde la fosa juguetona e inquieta de unos hoyuelos hoy también secos y cuarteados que ya sólo aparecen a la llamada de la angustia y el dolor.
No dejaba tras de sí ninguna preocupación: su marido la tenía a ella, más joven y tersa, con la moral sin estrenar y refugiando en la modernidad de sus veinticinco años la falta de dignidad; Andrés decidió vivir en Londres, con su novio francés, su trabajo precario y la asignación que su padre le enviaba cada día 2 de mes. Las chicas del club, con las que nunca llegó a encajar, preferían mantener sus fines de semana en el balneario y sus tours por las tiendas de la milla de oro, dejando en el cuarto de los ratones de la indiferencia el orgullo y el amor propio que sus maridos alquilan a golpe de Visa Card.
Se despojó de miedos y prejuicios, abandonó a su suerte en un contenedor junto al mercado del pescado sus zapatos de tacón y sus sandalias de quinientos pavos y dejó que sus botas guiasen sus pasos, decididos y enfáticos.
Muchos la llamarían loca, buscar un trabajo a los cincuenta, ella que no había trabajado nunca, que de la carrera solo conservaba algunas fotos y los buenos momentos vividos entonces con quien sería su marido, antes de que la rutina de diamante en que asentó su día a día la devorase poco a poco, antes de la casa con piscina, el club deportivo y la colección de perfumes en miniatura que una vez viniesen de una revista pija a fotografiar.
El tren estaba a punto de partir, se fue directamente al vagón restaurante, el camarero le sirvió una cerveza con una recién recuperada sonrisa, ella le miró como a cámara lenta y vio en sus mejillas unos surcos que daban a su rostro, maduro y arrasado por la pena, una tristeza que parecía disiparse con una furtiva sonrisa.
En el dedo anular de la mano izquierda del camarero se descubría la evidencia raquítica de la ausencia de un anillo, tal vez arrancado y enterrado bajo algún árbol. Pidió otra cerveza, se miró en su espejo nuevo, se quitó las gafas y dibujo una sonrisa de carmín y esperanza en su rostro.



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